Séptimo tema de discusión
25 de mayo-1º de junio de 2005
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Gritos de alarma innecesarios: los casos de Gonzalo Torrente Ballester y Miguel de Cervantes

     A mitad de de la novela «Crónica del rey pasmado», novela de Gonzalo Torrente Ballester, está una discusión vehemente delante de los clérigos de la Santa Inquisición respecto a los „caprichos“ del rey, en este caso el jovencísimo Felipe IV, quien pasó una noche de putas con una tal Marfisa, hetera renombrada en la corte y la villa madrileña. La discusión de ese tema cargado de erotismo  el joven rey ha expresado la voluntad de ver a la reina desnuda  ocupa, escandaliza y divierte a los miembros de la Santa, dada la discusión furiosa entre el padre Villaescusa, fraile fanático que pretende que en Galicia todos son brujas o hechiceros, y el padre Almeida, joven jesuita, a quien no le gustan ni la exagerada severidad, ni los autos de fe, que su oponente propaga. Discusión enfurecida, si no brutal en sus consecuencias funestas. Pero el autor del libro, Torrente Ballester, la relata marcando los aspectos cómicos del debate. Con el resultado de que parte de los miembros de la Santa están divertidos de tanto estrépito y barullo, otra parte indignados, hasta escandalizados. Evidentemente, el mismo desacuerdo separa a los lectores modernos.

     Pude averiguarlo en ocasión de un congreso en Pamplona al que asistí. Al cenar hablábamos de lecturas divertidas, y mencioné la «Crónica» del rey pasmado, con un efecto sorprendente: uno de los comensales se indignó de ese libro que consideró irreverente, si no blasfemo. Ignacio Arellano y Lía Schwartz se abstuvieron de comentar el asunto, de modo que no pensé, aunque curioso, de insistir. Semanas más tarde, mencioné el asunto hablando con un teólogo que hace parte del equipo que está editando las Actas del Concilio de Trento. Al oír mis preocupaciones respecto al libro de Torrente Ballester, se rió a carcajadas y afirmó que el autor, burlándose de frailes fanáticos como ese padre Villaescusa de la «Crónica», estaba en perfecta correspondencia con los venerables Padres de Trento, quienes, a lo largo de casi todas las sesiones se esforzaban a impedir o por lo menos suavizar y poner cierto orden a los sermones incendiarios, promulgados por frailes exagerados, patanes atiborrados de textos en latín venidos de la gleba, fugitivos del arado. De modo que, tras considerar debidamente las circunstancias predominantes en la situación histórica, el sentido de la contienda cambia por completo. Lo que a primera vista parece agresión impía, si no blasfema, está en realidad en concordancia perfecta con la situación histórica y con las intenciones reformadoras de los Padres del Concilio de Trento.

     Todo esto, ciertamente, presentado por el autor de una manera alegre, burlona, pero a pesar de ello no menos digno de consideración profundizada. La terquedad rigurosa y obstinada del fraile capuchino, para hacerla resaltar con gran efecto, está enfrentada con las razonamientos casuísticos de su contratante, el padre Almeida de la Societate Jesu, maniobra que enfrenta las iracundias del capuchino con las sutilezas ingeniosas atribuidas a los jesuitas. Artificios que prestan a la sesión ceremoniosa y solemne las sorpresas disparatadas de los entremeses cervantinos. No cabe la menor duda de que, en ambos casos, el tono ligero, despreocupado, si no frívolo, no debería desviar la atención de la envergadura histórica y trascendental de los asuntos discutidos, a pesar de esa tonalidad burlona, elegida por un autor dedicado al precepto horaciano del «Ridendo dicere verum».

     De modo que, otra vez ocupado en el «Quijote» de 1605 y enfrentado con problemas semejantes: ¿Qué pensar de un Cervantes, burlándose del cura del pueblo y del canónigo de Toledo? ¿Es debidamente la oveja negra entre círculos eclesiásticos, o es solamente consecuencia de un entendimiento tardo, favorecido por la distancia de cuatrocientos años que nos separan de su «Quijote»? Hay que conceder que Cervantes se burla de los clérigos de su tiempo. ¿Muy mal ejemplo? No, porque lo hace en perfecta concordancia con los venerables Padres del Concilio, disputando ocho años para conseguir la reforma adecuada a la Iglesia de su tiempo. 

Kurt Reichenberger


Réplica:

«Para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento; decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios».

     Cervantes tenía muchísimas razones de burlarse de los clérigos de su tiempo. Sólo, a título de ejemplo, ya que hay muchos datos que prueban que tenía unos problemas graves con los eclesiásticos excomulgadores, así como con los demás religiosos.

  1. 1. Su familiar Gonzalo de Cortinas, enlazado con Olalla Sánchez de Coco, cayó en sentencia de excomunión;
  2. 2. El cardenal arzobispo de Toledo Bernardo de Sandoval y Rojas exoneraba del patronazgo a García de Salcedo y nombraba patrón a Juan de Cortinas, racionero de la Santa Catedral de Cuenca, hasta amenazarle, que si impedía la posesión de Juan, con pena de excomunión.
  3. 3. Cervantes sufrió dos excomunicaciones en nombre del «Gran Señor del suelo Hispano», ya que el deán y el cabildo, con el maestreescuela de la catedral de Sevilla, alzaron el grito hasta el cielo, por embargarles bienes de la Iglesia. Pero sabía Cervantes que «no permitía la cristiandad, de que él se preciaba, de que aquella batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas y que se contentase con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el Decreto del Santo Concilio, que prohíbe tales desafíos.» No obstante, como resultado, el provisor del Arzobispado de Sevilla fulminó excomunión contra Cervantes, y por si fuera poco, ordenó que el vicario de Écija pusiera en tablillas al excomulgado. Se le condenó al hereje y sólo por tratar de cumplir órdenes de «der Friedensfürst», en las que se le mandaba embargar trigo de las personas que lo tuviesen, tanto eclesiásticas como seglares. Más tarde progresaba en contra suya el proceso de excomunión que se le seguía en Córdoba por la prisión del sacristán de Castro del Río. Cervantes escribió en el Quijote cuando Sancho le comunicó que «queda descomulgado, por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada, ‘juxta illud Si quis suadente diablo’». –«No entiendo ese latín–respondió Don Quijote–, más yo sé bien que no puse las manos, sin este lanzón; cuanto más, que yo pensé que ofendía a sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y vestigios del otro mundo». A buen seguro, la famosa frase del Don Quijote «con la iglesia hemos dado, Sancho.–Ya lo veo–respondió Sancho–.Y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura», vendría aquí como anillo al dedo.
  4. 4. Aparte de ello, sólo dos ejemplos, de dos enemigos de Cervantes.
  5. 4.1. El padre maestro fray Gabriel Téllez, «Tirso de Molina», religioso de Nuestra Señora de la Merced, considera a Cervantes «su opositor y adversario». 
  6. 4.2. El doctor Juan Blanco de Paz, cautivo, natural de Montemolín, de Llerena, fraile de Santo Domingo, profeso en Santisteban en Salamanca, había descubierto el plan del escape de Cervantes al Rey de Argel, por lo que recibió un escudo de oro y una jarra de manteca, menos aún que Judas. Blanco de Paz hizo algunas informaciones para inquirir de su buena vida y costumbres y estorbar que Su Majestad le hiciese a Cervantes merced por sus servicios. Además, Juan declaró a Domingo Lopino: «yo le prometo – le dijo – que quien a mí me picare e hiciere mal, como dicen me han de hacer, que le tengo de dañar y perjudicar en cuanto pudiere, aunque sea contra mi padre, porque aquí en Argel hallaré testigos por cada paso». Según Fernando de Vega, Blanco de Paz, a los tres años de su cautiverio probó que era «hombre revoltoso, enemistado con todos, que nunca dijo misa en todo este tiempo, ni le han visto rezar horas canónicas, ni confesar, ni visitar o consolar enfermos cristianos; antes siendo reprehendido del mal ejemplo que daba, de dos religiosos, en el baño del Rey, donde el susodicho habitaba, a el uno de ellos dio bofetón, y a el otro de coces, por donde dio gran escándalo y le tuvieron en mala reputación». Se quejó Cervantes de Blanco de Paz con razón porque le había quitado a él la libertad, pues «de los eclesiásticos se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios, las reprensiones santas y bien intencionadas, otras circunstancias requieren y otros puntos piden».
  7. 5. En Sevilla Cervantes prestó declaración de que su amigo el ex comediante Tomás Gutiérrez seguía ante el provisor y vicario eclesiástico de Sevilla y juró en el proceso de Gutiérrez contra la Cofradía y Hermandad del Santísimo Sacramento del Sagrario de la Santa Iglesia Mayor de Sevilla.
  8. 6. Unas palabras del Coloquio de los Perros: «¿qué modo tenías, pregunta Cipión a Berganza, para entrar con amo? Porque, según lo que se usa, con gran dificultad el día de hoy se halla un hombre de bien señor a quien servir. Muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del Cielo aquéllos, para recibir un criado, primero le espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los vestidos que tiene...». En el Persiles reseñó al cardenal de Giulio Acquaviva y Aragón así: «un monseñor clérigo de la Cámara, curioso y rico, tenía un museo, el más extraordinario que había en el mundo, porque no tenía figuras de personas que efectivamente hubiesen sido ni entonces lo fuesen, sino unas tablas preparadas para pintarse en ella los personajes ilustres que estaban por venir, especialmente los que habían de ser en los venideros siglos poetas famosos». En El Licenciado Vidriera se pone de manifiesto, por qué Cervantes se alzó en el ejercito: «yo no soy bueno para palacio porque tengo vergüenza y no sé lisonjear», y en el Don Quijote narró: «!venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!». No obstante, de confiar las palabras del paje que encuentra Don Quijote, tal vez esperó que su paso por la mansión del cardenal Giulio fuera para él el mejor de los trampolines «que paso tiene el servir a los buenos que del tíñelo suelen salir a ser alférez o capitanes». Sin embargo, se ignora las circunstancias en que decidió llegar a ser soldado, y es obvio que ya no quería seguir en casa del cardenal, puesto que «más vale migaja de rey que merced de señor».
     Ahora bien, las burlas pueden revelarnos muchas iluminadoras veras; pueden enseñar y reformar moral, política y socialmente la sociedad a través de su narración humorística, sincera y religiosa, puesto que «la pluma es lengua del alma». Como escritor Cervantes tenía que callarse por no decir las cosas prohibidas por la Santa Inquisición, empero, declaró que «contra el callar no hay castigo ni respuesta. Vivir quiero en paz los días que me quedan de vida», pues tuvo «experiencia de los casos pasados y tanta noticia de los presentes», que bien pudo «juzgar de los por venir», y «pidió no se despreciase su trabajo y se le diesen las alabanzas, no por lo que escribió, sino por lo que ha dejado de escribir», ya que «a mil mudas bendiciones abre el silencio la boca», pues «no sólo me maravillo de lo que hablo, pero espantóme lo que dejo de hablar». Y «si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían».

     Huelga completar, a título de ejemplo, que a las cosas que tienen imposibles siempre su pluma se ha mostrado esquiva, puesto que el oficio de escritor son «las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden», y quien pretende en los escritos enseñar y deleitar juntamente.

     En resumidas cuentas, a través de muchas burlas «la verdad ha de andar siempre sobre la mentira como el aceite sobre el agua», porque el oficio del escritor es proteger a los que no tienen nada, pues «encierra una virtud grande amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden», y «nunca voló la pluma humilde mía por la región satírica, bajeza que a infames premios y desgracias guía». Pero también la burla, una vez armada, suele cobrar vida propia y volverse contra sus creadores. Así ocurre con Altisidora «Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo: Vive el Señor, don bacallao... que no soy yo mujer que por semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña». No obstante, «no son burlas las que duelen, ni hay passatiempos que valgan si son con daño de tercero». Así sucede con la aventura de Clavileño: «sin daño de barras». 

      El arte nuevo de hacer burlas, de Cervantes, sobre la intención didáctica de la burla es hacer las burlas más risueñas que dañosas y pesadas, sin hacer locuras de daño de nadie, y eso no quiere decir que todas las burlas tengan que ser verdaderas, sino que deben ser verosímiles, es decir, creíbles, pues «para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento; decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios». 

     Un muy fuerte abrazo, 

Chris Sliwa.






Réplica:

Sugerencia de Alicia y séptimo tema

     Alicia, mil gracias por la sugerencia. Ya conoces mi reticencia respecto de la alegoría en Cervantes. Sobre todo en pasajes sueltos: ¿cómo armar después el mosaico del sentido total, con tantas piezas no siempre coherentes entre sí? En todo caso habría que explorar al revés, desde el sentido total hacia los pasajes aislados -si cabe. Otro día, o en el café tantas veces proyectado, te daré un ejemplo concreto... y un tanto humorístico.
     Pero pasemos al olvidado séptimo tema. La propuesta en sí es bastante completa, y sobre todo nos introduce en un campo poco frecuentado. Por desgracia; nuestra precisión filológica padece las consecuencias de esa escasa frecuentación. Feliz azar el que ha colocado a Kurt en las vecindades de un filólogo dedicado a tareas paralelas (para editar textos del s. XVI, así sean actas conciliares, hay que serlo además de teólogo). Un mejor conocimiento de esos particulares nos evitaría muchas tonterías. Como la frecuentísima presentación de Cervantes como un liberal decimonónico, variedad "comecuras", o como un agnóstico posmoderno en conflicto con la Iglesia a la que profesa ignorar. Simplemente el horizonte de época es otro, y los conflictos -ni la menor duda de que los hubiera-,  también. La burla  -si la hay- a un cura de aldea "graduado por Sigüenza" (ya de suyo alusión sonriente), es decir no más culto que el hidalgo, no presupone ni crítica ni elogio a la Iglesia en conjunto. En todo caso a los curas de aldea, y en ese caso no tan sangrienta! Y qué hacemos con el bachiller, tan limitado él, con la buena de Teresa Panza con su ignorancia abisal, su vanidad oculta... y su sólido sentido común, a cuestas? Y así sucesivamente. Si hay algo que en el Quijote se expresa, frente a los contrastes netos de valores de los libros de caballerías, son los infinitos tonos de gris del cotidiano existir humano. ¿O no?
     Impregnarse de los saberes y supuestos de otra época, confesemos, es tarea que lleva una vida, y no alcanza. Es sabido y no bastante dicho. Pero el conocimiento del área bíblico - religiosa, me parece, lleva todavía la huella de polémicas muy posteriores: de los siglos XIX y XX. Supongo que hace no mucho empezamos a estar en condiciones de ecuanimidad. Si es así, nos enriqueceremos todos.
     Kurt, supongo que no se trata sólo de un feliz azar. También de una cultura previa -tuya- que lo favoreció.
Cordiales saludos a todos

                                                                             Teresa Herraiz de Tresca


Réplica:

     Te agradezco muchísimo, Kurt, la oportunidad que me das de comentar, personalmente, respecto a esta novela deliciosa de mi maestro [Gonzalo Torrente Ballester]. En un Congreso Internacional sobre Calderón en 2000, que tuvo lugar en Ottawa, me referí a la novela [Crónica del rey pasmado] en estos términos: «Y no olvidemos al P. Villaescusa de la Crónica del rey pasmado, novela irónica, graciosa y asaz apicararda...de...Gonzalo Torrente Ballester. El capuchino fanático, además de frustrar que el joven Felipe IV viera desnuda a la reina, hizo que el conde de Olivares y su consorte copulasen en el coro de la iglesia del monasterio de San Plácido, circundados los dos por monjas que iban cantando el salmo 50 después del «Sanctus» de una misa burlona y sacrílega. Este rito de inseminación insólito tenía por objetivo la procreación de un heredero para el conde, pero «a condición de que... hiciera esto, eso y aquello...». Un colega nuestro se escandalizó y comentó pública y negativamente sobre la referencia, debido al contenido «indecente» de esta novela, especialmente en un congreso académico. La primera parte del título de mi ponencia era «Calderón y la censura». ¡Vaya tema para discutir entre lectores curiosos! Si uno quisiera escandalizarse, que lea la p. 206 de la novela donde el jesuita «misterioso» le pregunta al Gran Inquisidor: «¿cree usted en Dios?».  ¡Vaya socorronería típica de mi maestro!  Como todos saben, Gonzalo Torrente Ballester era un gran cervantista, y el tema propuesto no es de ninguna manera baladí.

        Thomas Austin O'Connor