Duodécimo tema de discusión:
(SEPTIEMBRE)
COLOQUIO CERVANTES
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El ventero andaluz y las mozas de partido

     Don Quijote, cansado y hambriento tras haber cabalgado todo el día por el sofocante calor de La Mancha, al ver la venta, le parece ver la estrella de Belén y, lleno de esperanza, avanza hacia la venta que toma por un castillo.  Lo que sigue es un dramático cambio de arriba abajo y vice versa.

     Al ver venir hacia ellas a un hombre armado, las mozas de partido, quienes en el umbral de la venta están en la espectativa de huéspedes opulentos, se asustan y están a punto de retirarse.  Don Quijote, convencido de que se trata de nobles doncellas, lo advierte y, solícito, intenta sosegar a las mozas.  Pero su lenguaje anticuado, imitado de los libros de caballerías, incita a las mozas a una hilaridad que a don Quijote le parece inadecuada, si no desvergonzada.  Se enfurece, lo que hace aumentar la risa de las mozas.  Todo está a punto de acabar muy mal.  En este momento aparece el ventero andaluz, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico.  Entiende la situación, da la bienvenida al señor caballero, lo ayuda a apearse y acomoda a Rocinante en la caballeriza.  Cuando vuelve, ve que las mozas se han reconciliado con don Quijote y están desarmando a nuestro héroe.  Pero no pueden quitarle la contrahecha celada puesta, por no poderse quitar los nudos.  Por ello, a la hora de la cena, le dan de comer, bocado tras bocado, como a un nene inocente. Disparate teatral: dos jóvenes rameras en una escena ridícula, símbolos tipológicos de la caridad cristiana.


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