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(OCTUBRE) Coloquio
Cervantes
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Cervantes, el «Quijote» de 1605 y el Sermón de la Montaña Para el clero español, Cervantes es considerado como un individuo sospechoso y, a pesar de haber combatido por la fe cristiana en la batalla gloriosa de Lepanto, en persona non grata, un bicho raro con opiniones de un rebelde obstinado. Admitamos que en el «Quijote», Cervantes se burla sin pestañear del cura teniente del lugar, del canónigo de Toledo y, más tarde, del colérico capellán de los duques. Pero estas son bromas de un ingenio pretridentino que, en realidad, no tienen importancia1. Lo determinante es la actitud falsificadora practicada por los escépticos liberales del siglo XVIII. Con la misma arrogancia doctrinaria con la que expulsaron a los venerables padres de la Sociedad de Jesús, transformaron a Cervantes y su a Quijote en pregones liberales sin fe. Es lamentable, pero en círculos eclesiásticos aún circula esa sinrazón absurda. Una credulidad que parece el colmo de los colmos. Puesto que, al considerar la situación más detenidamente, llegamos a un punto de vista alarmante, completamente contrario: Cervantes, ese supuesto garbanzo negro entre los cristianos viejos, basa gran parte de sus episodios incriminados en veredictos pregonados en el Sermón de la Montaña. Comencemos con una lectura del largo episodio en la venta de Juan Palomeque. Ante las declaraciones del trío femenino de que les gustan los libros de caballerías, el cura está escandalizado. Toda la escena está impregnada de alusiones más o menos eróticas: la ventera no cesa de lamentarse de que sus huéspedes han estropeado la coda del buey de su marido. La hija presencia curiosa los saltos feroces de un don Quijote semidesnudo, en su camisa cortada que deja desvergonzadamente todo al aire. Mientras Dorotea se retira, pudorosa, para evitar tal aspecto indecente, la joven lo registra atentamente, riéndose a socapadamente. Por encima, al registrar las escapadas nocturnas de Maritornes, el cura está convencido de que esa moza asturiana, vieja cristiana o no, será condenada a las llamas del infierno. No quedará aislado con tal juicio funesto, sino respaldado por ilustres teólogos, enemigos jurados de los pecados carnales. Sin embargo, Cervantes se hace el campeón imperterrido de la pobre moza, fea como el diablo, y defiende su derecho a ser feliz por unos breves momentos. Y, con aplomo determinado y una risita melancólica, evoca, como respaldo, una de las sentencias archiconocidas del Sermón de la Montaña: No juzguéis, y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis, se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: „Deja que te saque la brizna del ojo, teniendo la viga en el tuyo?“2. Desde la primera llegada de don Quijote y Sancho a la venta, Cervantes estiliza a la pobre Maritornes como el modelo de santa María Magdalena: unta a un apaleado Sancho, da al manteado de beber y paga el vino con su dinero, dando así un ejemplo de caridad cristiana3. En su calidad de cristiano viejo, Cervantes se siente responsable de lo que pasa en el mundo, en este mundo enredado en un cambio tan universal y básico como la transición del feudalismo con sus capas hieráticas a un Estado centralizado, burocratizado y dominado por la violencia impetuosa del dinero. Este es un cambio tan abrumador como fundamentalmente sospechoso. Porque lo que dice el evangelio al respecto es claro y no se puede desatender: Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero4. En otras palabras, hacerse fuerte en un tema espinoso y un asunto sumamente arriesgado. Al tratarlo Cervantes, se juega la vida. Pero otra vez halla un fuerte respaldo en la Sagrada Escritura. En el Sermón de la Montaña, Jesús advierte a los suyos de los peligros del mundo y los alecciona: Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas5. Cervantes sigue el consejo divino a la letra. Inculpar abiertamente al rey de sus manipulaciones monetarias, a la nobleza de su conducta altiva y arrogante e, incluso, acusar al clero de un comportamiento poco cristiano le hubiese llevado inmediatamente a la cárcel, por lo menos. Conforme a los consejos expuestos en la Sagrada Escritura, Cervantes procede con prudencia. No se irrita, no se emociona ante tantos abusos, sino que evoca los escándalos por medio de mensajes cuidadosamente cifrados. Y este programa de su libro lo expone al „carísimo lector“ en el prólogo del «Quijote» de 16056. El entusiasmo de sus compatriotas al aparecer el volumen le corroboró que seguir consejos expuestos en la Sagrada Escritura no era un concepto apartado de la realidad. Cervantes opta por la utopía, con Jesucristo como buen pastor y rey de paz, quien gobierna con leyes que son adecuadas para las necesidades y circunstancias de cada individuo, flexibles y cambiantes con el transcurso de los años. Por último, nos consta ocuparnos del tema más espinoso, inclusive en nuestros tiempos, también agitados por cambios universales. En el evangelio según San Mateo leemos: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo arbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis7. Se trata de dos pasajes alegóricos correlacionados: los falsos profetas con su mentalidad de lobos rapaces disfrazados de ovejas, y, como resultado de sus acciones funestas los frutos malos, marcadamente opuestos a los frutos buenos. Al lector del escrutinio de la biblioteca de don Quijote, Cervantes le insinúa la parábola bíblica, pero no en el orden cronológico – acción rapaz que produce frutos malos -, sino enfrentando a su público con el resultado desastroso: dos mujeres, una viejecita tonta y la sobrina, medio niña inocente, hechas unas furias sin perdón. De parte de Cervantes, ni una palabra de comentario; deja al lector que llegue a la conclusión fatal: el que dirige las conciencias de tales „ovejas“ es Pero Pérez, el cura teniente del lugar. Ante todo esto, el lector moderno se queda con un precario malestar. Concedido, el «Quijote» de 1605 tiene los rasgos de una sátira. El autor critica a todos, comenzando con el propio monarca y la nobleza arrogante. Pero, criticar de manera tan brutal al clero de su tiempo, ¿no era una ofensa, inapropiada por parte de un cristiano verdadero? En un caso tan espinoso parece aconsejable dar un vistazo esclarecedor a los trasfondos históricos. Entre los siglos XV y XVI, con el feudalismo llegando a un declive, la situación de los campesinos se deterioraba fundamentalmente. Luego, el Estado burocratizado por Felipe II aumentaba los impuestos de manera intolerable. Los jóvenes campesinos, a manadas, abandonaban la tierra y emigraban a las ciudades. No pudiendo entrar en las corporaciones de artesanos, no les quedaba más que la vida de un pordiosero o el entrar en un convento, donde serían acogidos con la mayor complacencia. Para dar una idea de la envergadura, Madrid, en la época de Cervantes, tenía cerca de trescientos conventos. Los que llegaban eran patanes incultos, pero decididos a mandar y medrar. Naturalmente, había excepciones, pero por lo general, era un problema de los má grave. Problema conocido no sólo por Cervantes, sino como parece, también por hombres doctos como el venerable Juan de Palacios, tío de Catalina, quien se ocupó de la educación de su sobrina e hizo de ella – por los frutos, uno se hace conocer – una joven hidalga letrada que se casó con el héroe de Lepanto. Interrumpido por la gerencia de su oficio en Andalucía, Cervantes conoció y veneró al concienzudo prelado y, parece poco probable que hubiese maltratado su memoria con opiniones sumamente contrarias. El argumento vale, a fortiori con respecto a su adorada Catalina. Además hay un testigo indiscutable: don Bernardo de Sandoval y Rojas, Cardenalarzobispo de Toledo y Primario de las Españas. Aparentemente, el ilustre prelado estaba desilusionado por las facultades teológicas y, aún más, por la caridad cristiana de sus curas de almas. Por lo menos tan desilusionado como Cervantes y, a lo que parece, mucho más. Por el prólogo al «Quijote» de 1615 se sabe que, de su propia iniciativa, acudió y acordó su protección ilimitada a este autor tan rebelde7. En la época de Cervantes, esta circunstancia era de sumo valor, puesto que era Inquisidor General y, por ello, jefe de la Suprema. Notas 1 Con respecto a la caracterización de Cervantes, nacido en 1547, como cristiano pretridentino compárese Kurt Reichenberger, Cervantes, ¿un gran satírico? Los enigmas peligrosos del «Quijote» descifrados para el „carísimo lector“ (Estudios de literatura 97). Kassel 2005, apéndice segundo: Cervantes y el Concilio de Trento: trasfondos histórico-culturales cervantinos. 2 San Mateo 7,1-3. Véase también San Lucas 6,37. Citamos La Biblia de Jerusalén. Edición española, dirigida por José Ángel Ubieta. Bilbao, 1975. 3 Para la documentación detallada compárese Kurt Reichenberger, Cervantes, ¿un gran satírico?, o.c., capítulo séptimo: Hallazgos tipológicos: Maritornes la moza asturiana, y su modelo hagiográfico. 4 San Mateo 6, 24. Véase también San Mateo 19, 21-26 y San Lucas 16, 13. Con respecto al trasfondo histórico, véase Darío Fernández-Morera, Cervantes, su tiempo, y la economía del mercado. En: Cervantes y su mundo I (Estudios de literatura 90) Kassel 2004, pp. 67-126. 5 Con respecto a este asunto compárese Kurt Reichenberger, Cervantes and the Hermeneutics of Satire (Estudios de literatura 94). Kassel 2005, Preliminary Note: Cervantes, the «Quijote» of 1605, and the Human Rights, pp. 11-14. 6 San Mateo 7, 16-20. Véase también San Lucas 6, 14. 7 Con respecto a don Bernardo de Sandoval y Rojas, véase Kurt & Theo Reichenberger, Cervantes y sus mensajes destinados al lector (Estudios de literatura 93). Kassel 2004, capítulo vigésimo cuarto: Los emisarios franceses, el porqué del entusiasmo despertado por el «Quijote» en los contemporáneos de Cervantes, pp. 163-171.
Cervantes anticlerical Sólo un
rápido apunte sobre el decimoquinto tema planteado por Kurt Reichenberger,
Cervantes, el «Quijote» de 1605 y el Sermón de la Montaña.
A mí no me parece nada de obvio que Cervantes se burle del licenciado
Pedro Pérez, párroco de don Quijote, ni del canónigo
de Toledo. No digo que ambos sean caracteres impolutos porque, en fin,
pocos los hay en Cervantes, que era más que consciente de las debilidades
humanas y retrata en consonancia a sus personajes. Pero, con poco margen
de duda, ambos responden al concepto de sensatez que mantenía el
alcalaíno y ambos parecen hacerse portavoces de sus teorías
y valores literarios, icnluso aunque puedan detectarse algunas diferencias
de planteamientos entre ambos y con lo que podemos saber de su autor (a
condición, no obstante, de que no nos empeñemos en esa tarea
tan grata al cervantismo de entender siempre en Cervantes lo contrario
de lo que dijo, merced a las tan socorridas ironía y/o ambigüedad
cervantinas). Es obvio, en cambio, que contra el capellán de los
duques dispara a la línea de flotación, pero esto lo hace
expressis
verbis y no por circunloquios, pese a lo cual el buen clérigo
no deja de tener razón (desde la propia perspectiva del autor, según
se deduce del cotejo con otros pasajes) en alguna de las cosas que dice.
Y es que para Cervantes las cosas rara vez son blancas o negras, situándose
más bien en algún punto de la escala de grises.
Alberto Montaner
Dario Fernandez-Morera
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