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9 de mayo-16 de mayo de 2005 Coloquio
Cervantes
Puede responder a la siguiente tesis, en español
o
inglés, mandando un mensaje a:
Cervantes y la escalación de las provocaciones II: el ataque furioso de don Quijote a los cueros de vino. Tras una larga cavalcada la comitiva ha llegado
a la venta de Juan Palomeque el Zurdo. Don Quijote está cansado
y se retira en una alcoba donde grandes cueros de vino penden del techo,
para tomar una cabezadita. Los demás, el cura y el barbero, Dorotea,
Cardenio y Luscinda, prefieren charlar un poco con el ventero y sus mujeres.
Hablan de don Quijote, de sus ideas fantásticas de caballero andante
y de los libros de caballerías. El ventero confiesa tener dos de
estos libros, condenados por la Iglesia. Hay otro libro con una novela,
intitulada «El curioso impertinente». Y el cura se ofrece a
leerla a la compañía.
Kurt Reichenberger
Cervantes y la gradación de las provocaciones en DQ 1.35: el ataque furioso de don Quijote a los cueros de vino Desde el inicio de la novela de El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha hasta el momento de la lucha con los
cueros de vino, el personaje de don Quijote ha pasado por una serie de
acontecimientos que lo llevan a reaccionar con gran furia y a imaginar
una batalla contra un gigante. Existe una curiosa metáfora
entre los cueros rebosantes de vino que se derraman y la paciencia de don
Quijote que, también rebosante, llega a su límite y se desborda
en ira. En este pasaje vemos a don Quijote furioso luchando en contra
de un gigante. El gigante representa al mundo. La pérdida
de la cabeza del gigante representa la falta de sensatez de las personas
y el derramamiento del vino, representa el pecado que se desborda y tiñe
todo lo que está a su paso. Don Quijote lucha para vencer
la injusticia, «desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas»
(Cervantes 141; 1.9). Cuando lucha contra el gigante está
luchando contra los anti-valores materializados en los cueros de vino que
don Quijote ve como gigante. De acuerdo al Diccionario de los
símbolos de Chevalier, «el gigante representa todo lo
que el hombre debe vencer para liberar y hacer florecer su personalidad»
(Chevalier 532).
Obras citadas Cervantes Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo don Quijote
de la Mancha. Ed. Luis A. Murillo. Vol. 1. Madrid:
Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos.
Ed. Robert Laffont. Barcelona: Editorial Herder,
Mary C. Beeler
Cervantes y el «Quijote» de 1605. Algunas consideraciones generales. Por lo general, el «Quijote» fue
y es considerado como un libro de divertimiento, un volumen destinado a
criticar a los amigos adictos a los libros de caballerías, tal como
Carlos I y otros aficionados. Ocupado con tales aseveraciones, que halla
hasta en manuales actuales y respectables, el «lector carísimo»
corre el peligro de desatender un tema mimado por Cervantes que evidentemente
consideraba central: las injusticias y abusos en el mundo, cometidos por
los grandes poderes políticos: los monarcas, la nobleza y, last
not least, dignatarios de la Iglesia.
Kurt Reichenberger
Cueros de vino Since I previously championed the theological
interpretation I feel compelled to comment again on this item.
Juergen Hahn
Los odres manchegos y los pelos de calavera Personalmente, me adhiero en muy buena medida
a lo que plantea Jürgen Hahn en su último mensaje, así
como a la reflexión de índole teórica y metodológica
que hacía en su anterior intervención sobre la interpretación
del pasaje de los molinos de viento (incluso aunque no la suscriba sin
matizaciones, como se verá luego).
Alberto Montaner
Réplica: Sobre los odres manchegos y los pelos de calavera Estimados colegas (no porque me considere cervantista, que no lo soy):
UNIVERSITÉ LAVAL Québec, Qc. Canadá
Scire et scindere Acabo de leer en la Oneirocritica 5.2 que cierto individuo soñó que había desollado a su propio hijo y había hecho un cuero de vino con su cuerpo. El galeno Artemidoro del siglo II d. C. explica que al día siguiente el hijo de tal persona se había ahogado en un río. Su interpretación es que un cuero de vino se hace de cuerpos muertos y es capaz de recibir líquidos. O sea, el médico vio en el sueño del desafortunado padre un pronóstico. Una explicación más moderna propondría que Artemidoro había hecho algo inteligible de lo que de otra manera sería algo inexplicable o misterioso. En otras palabras, le había dado a un hecho imprevisible cierto significado. Había creado, acaso, de un caso triste y trivial algo mítico y divino. A la vez, en Oneirocritica 4.2, Artemidoro recomienda que cuando una persona en un sueño ve algo que es similar a otra [pongamos el caso de un cuero y un cuer{p}o, como en 5.2] o que puede ser asociada con alguna otra cosa (el caso de una metonimia), el hecho es menos infortuito si anteriormente tal cosa hubiera sido vista junto a la cosa con la cual tuviera alguna relación. Fuera o no factible lo que declara este científico, este discernidor, este hombre que «sabe» (scire) y que «corta» (scindere), acaso lo que importe en este momento sea la habilidad de Artemidoro de crear algo inteligible de lo inexplicable. Más que médico, quizás, Artemidoro es un poeta, un creador. Igualmente, creo que sería imposible limitar el significado de las cosas a un canon previsible. El propio San Agustín, en De doctrina christiana 5.8, declara que las cosas se perciben por medio de similitudes, hecho que permite la interpretación. Santo Tomás de Aquino valora el uso de la metáfora para interpretar las Santas Escrituras en Summa theologica 1.1, ya que el género humano sólo logra lo inteligible al hacer comparaciones con lo sensible. Por lo tanto, esos cueros de vino son lo que son, y el atacarlos provoca risa; pero también son cuer(p)os y gigantes, relacionados con otros personajes textuales y acaso con otros eventos o signos metatextuales. Sigamos, por lo tanto, con nuestro discernimiento, con nuestro scire y scindere, como Artemidoro. A. Robert Lauer
Analogías y deslindes cervantinos Por supuesto que para una mentalidad analógica
(o, mejor, analogista) "Omni mundi creatura / quasi liber et pictura /
nobis sunt specula", como proclamaba Alain de Lille, y que "Symbolum est
collatio rerum visibilium ad invisibilium demonstrationem", según
dejó sentado Hugo de San Víctor. Y según la Tabla
de Esmeralda, atribuida a Hermes Trimegisto, "Todo lo que está
arriba es igual a lo que está abajo y todo lo que está abajo
es igual a lo que está arriba". Pero no creo que justamente el neoplatonismo
de estirpe alejandrina sea la opción ontológica preferida
por los actuales estudiosos de la literatura, y en todo caso, lo que sirvió
de base para la exégesis mística medieval o para el esoterismo
renacentista no tiene por qué valer necesariamente para la explicación
de los fenómenos literarios. Claro que no pretendo negar ni lo fructífero
de la analogía ni la capacidad de generar interpretaciones de alto
vuelo (por retomar los términos de Celina Sabor de Cortázar,
tan acertadamente traídos a colación por Emilia Deffis),
sino plantear la cuestión de que, si lo que pretendemos es explicar
las obras literarias (es decir, dar razón de su constitución
como artefactos estéticos producidos en un particular marco histórico
y en unas condiciones socio-culturales determinadas), no todas las analogías
son válidas, sencillamente porque no son útiles al propósito
último de la disciplina, que a mi juicio no es otro que ese "explicar
las obras" al que acabo de referirme. Y para ello, atenerse a la literalidad
del texto (como punto de partida, no como valla infranqueable) me parece
fundamental. Por volver a los ejemplos comentados: ¿realmente tiene
sentido que dos o tres aventuras sueltas de don Quijote, separadas por
otras tantas y por lo tanto desvinculadas en el decurso inmediato de la
narración contengan una crítica cohesionada y compacta, sea
a la política monetaria de Felipe III, sea a los desmanes de la
iglesia católica, sea a una determinada postura teológica?
¿todas las escenas que hay entre unas y otras responderían
entonces al mismo propósito o lo harían solidariamente a
otro distinto? ¿o sólo unos episodios contienen carga simbólica
y otros no? ¿es realmente necesario hacer ese tipo de lecturas para
que la historia tenga sentido? ¿hay algún indicio expreso
de que la significación propuesta venga sugerida por el propio texto?
¿vale cualquier otra que mantenga una mínima coherencia con
lo que dice el texto, aunque nada en éste la sugiera de forma directa?
Se me ocurre que, dado el símil establecido ya por Estrabón,
entre la silueta de la Península Ibérica y una piel extendida
(habitualmente de toro, pero no necesariamente), ¿no podría
ser la carga contra los odres una crítica contra la política
autoritaria de los Austrias que pretenden unificar artificialmente la "piel
de toro" mediante, por ejemplo, la reducción de los fueros aragoneses
en las cortes de Tarazona de 1593? Ahora bien, frente a la enunciación
libre de una hipótesis de trabajo cualquiera, su validación
se funda en el equilibrio entre lo que dice el texto, lo que el contexto
podía permitir entender y la función interna del episodio
en el conjunto del relato, todo lo cual constituye (a mi ver) el marco
inexcusable en el que debe situarse todo intento de explicación.
Alberto Montaner
Sobre los odres manchegos y los pelos de calavera Me reconfortan esas voces cautas que, cual canónigo y cura, contienen y enderezan los excesos de nuestro desaforado alegorismo. Pero. ¿De qué otra manera podríamos reaccionar cuando desde el texto se nos envía una titilante luz de estrella que nos invita a seguir su camino, como Zoraida que quiere llamarse María, o como los odres que en la historia de Micomicona son gigantes y que son vencidos cuando Anselmo es vencido? ¿Cómo refrenar tan obvias semejanzas, cómo desechar la alegoría a la hora de identificar la poética del Quijote? Nosotros, los alegorómanos, también estamos pensando en la literatura y no en la teología. Y un cariño, Emilia, no sabía que estabas tan cerca, qué alegría. Alicia
Parodi
Alegoría y literatura Los secretos morales son la razón de ser de la alegoría. Las artes y las ciencias, por su parte, son actividades genuinamente seculares. La literatura, de modo particular, ha sido siempre un discurso especialmente provocativo frente a las normas, frente a todo tipo de normas (morales, poéticas, religiosas, económicas, etc.). Resiste todas las interpretaciones que se vierten sobre ella. La literatura sobrevive al discurso crítico, cuyo fin es la obsolescencia más irremediable. El Quijote se está convirtiendo con toda probabilidad en una de las pruebas más evidentes. La alegoría, en cierto modo, debe recordar al crítico literario algo sustancialmente muy importante: la interpretación literaria no se descubre, se inventa.
Coloquio Cervantes resulta un triunfo llamativo del «Quijote» Acabamos de presentar
a los cervantistas internacionales media docena de problemas interpretativos,
acompañados de sugerencias de una lectura alegórica, cuidadosamente
codificada por Cervantes. La reacción de los especialistas ha sido
divergente, entre aclamaciones y protestas indignadas. ¿Quiere decir
esto que la iniciativa a fomentar los estudios cervantinos ha fracasado,
a falta de unos acuerdos comunmente aceptables? A lo contrario, Robert
y yo estamos contentísimos, convencidos de que la acción
ha sido un éxito y que corrobora, de un modo sugestivo, nuestras
teorías, tan difíciles de comprobar.
Kurt Reichenberger
Reply: Undoubtedly the power of Cervantes' text is evident, among other things, in the efforts to see it through the prism of allegory or symbol. We treat it as the Bible has been often treated and even justify this procedure by using examples from allegorical exegeses of the Bible. This may or may not be justified. After all, the Q is not the Bible. It is not a sacred text. But that this can be attempted, and in some cases quite strikingly or suggestively, again, shows the power of Cervantes' creation. This great virtual colloquiuum continues to confirm it. Thank you again, Kurt and Robert. Darío Fernández-Morera
Réplica: Re: Los odres manchegos y los pelos de calavera (de Alberto Montaner) Estoy de acuerdo con Alberto Montaner, pero es que existen alegorías estructurantes que explican la articulación del texto. Prueben, por ejemplo, con el intertexto «María Magdalena» para la Primera Parte, a partir de Magdalena=torre (Torralba). «Marta y María» son, que yo sepa desde Petrarca, signos de la existencia de alegoría (supongo que el par de hermanas, corteza y meollo, respectivamente repiten el par «Sara y Agar» consagrado como «alegoría» por San Pablo). Verán cuán productivo es alegorizar para explicar la obra. Claro que hay fanáticos, pero es que ¿acaso toda lectura no supone una decodificación de un sentido no literal? Alicia Parodi
Réplica: Desaforado alegorismo Concuerdo con Antonio y su exhortación de buscar una manera responsable de refrenar lo que Alicia llama tan acertadamente el «desaforado alegorismo». ¿Pero con cuáles criterios, y quién los decide? En tiempos de Cervantes la cosa era fácil: Las alegorías eran principalmente de índole teológico y quien decidía, y quien ponía limites, era, claro, la Iglesia católica. Y quien no se conformaba, simplemente corría el peligro de habérselas con el Santo Oficio. Se recordará la mala suerte que corrían los libros le caballerías «a lo divino». Brutal, pero eficaz. Hoy en día las autoridades son más mansas, cierto, pero lejos de facilitar el asunto, eso lo complica. Porque resulta que ahora, en nuestra democracia interpretativa, es que todos vamos a querer hacer valer nuestros propios criterios, y nos sentimos todos con derecho a defenderlos hasta la muerte (o casi). Anarquía, en fin. Por eso, mas que nunca, nos hace falta una autoridad apelativa que todos estamos dispuestos a respetar. Alberto nos hace reconocer que no vamos a poder prescindir de la autoridad del autor y su texto. Concuerdo en absoluto, pero me temo que en nuestra época de plena rebeldía contra el autor esta idea vaya a parecer demasiado dictatorial, porque les huele a muchos a demasiada «intencionalidad» restrictiva. Ahora, subestimar o desestimar al pobre autor realmente no es nada nuevo. Recuérdese como discriminaba Unamuno contra el pobre Cervantes, a quien practicamente desheredó. Hoy día son los fanáticos de los «-ismos» quienes más lo pretenden, los que prefieren la cultura social, la colectividad, al individuo creativo. Pero si todos, los ideólogos y los individualistas incluso, logramos refrenar un poco nuestro natural orgullo intelectual (¿Pecado Original?), tal vez podamos reconocer que frente al caos total de la subjetividad y de las ideologías es el autor quien todavía puede rescatarnos. Así, ¡viva el autor! No como dictador, cierto, sino como monarca constitucional con el consenso democrático, ilustrado, de nosotros. Yo diría que aceptemos el valor alegórico en los episodios en los que él nos lo indique con suficiente claridad, y donde no, aceptemos su ausencia, y esperemos con paciencia hasta que salgan más pruebas textuales. Esto no es ser inconsistente. Es simplemente respeto a la ciencia, a la que, como eruditos, creo que estamos obligados a servir. El tono de la expresión «saber a ciencia cierta» siempre me ha impresionado desde que la aprendí. Si esto me identifica un poco como un fanático epistemológico, lo admito, en cuanto a las pruebas empíricas, y voy a seguir siéndolo ¡hasta la muerte! Vale. Juergen Hahn
Réplica: ¿De nuevo la alegoría y Cervantes? No hay ningún fenómeno natural ni de la vida del ser humano que no pueda ser objeto de una interpretación alegórica. Del mismo modo que hay disciplinas que están dignificadas por su objeto de estudio (dios dignifica a la teología, el hombre a la antropología, la mujer posmoderna al feminismo, la identidad disociativa a los nacionalismos separatistas europeos, etc.), hay alegorías que están dignificadas por el suyo: el Cervantes y su obra literaria dignifican las alegorías que se formulan sobre el Quijote. Paralelamente, no conviene olvidar que toda alegoría constituye en última instancia una interpretación abductiva, nunca científica, desde el punto de vista de lo que es el cierre categorial de una ciencia. La alegoría no nos ofrece realmente una interpretación científica del objeto de estudio (en este caso el Quijote), sino una expresión ética del sujeto que estudia, interpreta o simplemente alegoriza (el crítico literario, por ejemplo). No nos sirve tanto para conocer la obra (el Quijote), sino el intérprete de la obra (Unamuno, por ejemplo, en su Vida de don Quijote y Sancho). Una interpretación alegórica es, en suma, una invitación a discutir un problema no en términos científicos, sino en términos morales. (Éste es el camino por el que circula toda teoría literaria posmoderna, al sustituir la ciencia y la filología por la ética y el moralismo correcto). En este sentido, la alegoría funciona como una retórica de la ética. En última instancia expresa la superstición simbólica de ideales morales, con frecuencia supremos. Reduce la literatura a un fetichismo ético.
De alegorías vivimos, mi señor De alegorías vivimos, mi señor. Nos guste o no parte de lo que somos, - en lo que se refiere a nuestro autoconcepto-, es un reflejo de lo que realmente somos. El mundo es un teatro. Lo que pasa en este país de Nicolasillos es un papel dramático sin terminar. ¿Dónde está el autor? ¿Se ha difuminado el concepto de autoría? No lo creo. Lo que pasa es que se está transformando. Hemos pasado del autor anónimo, al autor individual y ahora a autor popular - colectivo. Globalizado como dirían algunos. La literatura siempre será un arma de poder que no debe estar en mano de unos pocos, sean científicos, teológos o literatos. Es cierto que deben existir unos guiones, unas pautas en todo lo que se refiera al mundo intelectual y cultural. Pero es bueno que exista diversidad en el pensamiento, pues los humanos somos diversos. La literatura debe volver al pueblo pues tiene derecho a filosofar y a alcanzar el placer estético que contiene la letra. El lenguaje nació en el pueblo. Después cada uno de nosotros hacemos uso del lenguaje de distintas maneras, con un menor o un mayor número de léxico. ¿Dónde está el autor? El autor está ¿Acaso puede ser que no lo veamos?. ¡Tolle Llege! Carmen Sánchez Morillas
Mentiras verdaderas Si la lectura alegórica 'reduce la literatura
a un fetichismo ético', tal como afirma J.G.Maestro, y antes del
disparo que acabara con mi vida de lectora, preferiría quedarme
junto al bando de los alegóricos.
Emilia Deffis
Sobre «desaforado alegorismo» Nuevamente estoy de acuerdo
con Juergen Hahn, sobre todo en la última parte del mensaje último:
el juez es el texto. Para que nadie se ofenda, aclaro algunas sugerencias
propias, que pueden inducir a toda índole de perversiones (éticas):
Zoraida no es María sino María Magdalena ( a la madre de
Dios, Zoraida la llama lela Marién). Los atributos de María
Magdalena (lágrimas, pies cabellos, diversidad de opiniones, rechazo
por parte del amado -o lo contrario-, cruce del mar, cueva, exilio, penitencia,
perfumes, fuentes, luna y otros astros, segunda con respecto al primer
sol, la Virgen, hierbas y plantas por haber visto al "jardinero", la amada
del Cantar de los Cantares y la reina de Saba como prefiguraciones) son
motivos que se concentran con diferente selección, y matices
en la interpretación, en Zoraida, la Torralba, Dulcinea en la entrevista
falsa, Dorotea y Micomicona. Descubrir que María Magdalena está
detrás sirve para pensar por qué don Quijote "convierte"
la sequedad de su cerebro en humedades, hasta terminar, en 1605, en el
martirio de su cuerpo, vencido por los "desceplinantes".
Alicia
Parodi
Sobre «mentiras verdaderas» Hmmm. I guess the validity of having diversity and multiple interepretations of things is what is inclining me more and more in favor of the teaching of creationism and intelligent design along with the theory of evolution in public schools. Darío
Fernández-Morera
Réplica: María Magdalena ¿Descubrir que María Magdalena está detrás [de Zoraida] quiere decir INVENTAR que María Magadalena está detrás de Zoraida, para pensar por qué don Quijote «convierte» la sequedad de su cerebro en humedades, hasta terminar, en 1605, en el martirio de su cuerpo, vencido por los «desceplinantes»?
Re: De alegorías vivimos, mi señor ¡Creo que a la tolemia ya hemos llegado! El artículo de Peter Russell sigue siendo fundamental para mí: "DQ as a Funny Book," Modern Language Review 64 (1969): 312-26. David Mackenzie
Cervantes, la dimensión alegórica en el «Quijote» y una sugerencia apropiada, de gran alcance No cabe la menor duda: los molinos de viento resultan efectivamente como "a touchstone for literary criticism." Tras las vehementes protestas de Juergen Hahn contra los „desaforados alegorismos“, nos llega la excelente contribución de Jesús G. Maestro. Estamos completamente de acuerdo con él, hasta su última frase, en la que constata que la alegoría: „Reduce la literatura a un fetichismo ético.“ Nos ha alarmado, y también nuestra colega Alicia parece asustada por un veredicto tan enérgico. Don Quijote, el protagonista de la novela cervantina, propaga a cada paso que está decidido a luchar para remediar las injusticias en este mundo. Por esto, el «Quijote» de 1605 ¿“un fetichismo ético?“ No puede ser el mensaje de Jesús Maestro. Preferimos otra versión: al par de nosotros, ha aprendido de Cervantes, como se procede para provocar al lector e inducirlo a entrar en un diálogo discreto con él. Estamos de acuerdo: La ética en las obras cervantinas, en efecto, es uno de los temas fundamentales que debemos discutir. Hay que agradecer a nuestro amigo por habernos indicado este descuido elemental de una manera tan elegante. A.R.L. K.R. Mentiras verdaderas o de la elegancia (sic) Ustedes perdonen, pero reitero mis dichos, porque no veo por dónde pasa la supuesta elegancia invocada... «Si la lectura alegórica 'reduce
la literatura a un fetichismo ético', tal como afirma J.G.Maestro,
y antes del disparo que acabara con mi vida de lectora, preferiría
quedarme junto al bando de los alegóricos.
Canadá
María Magdalena La idea es que un común intertexto puede
articular en una estructura los episodios aparentemente dispersos y sugerir
una lógica textual. Existe la posibilidad de objetivar una lectura.
Una interpretación es válida si puede avalar las diversas
ocurrencias de un texto, y no dejar nada afuera. Eso es lo que quise sugerir
con mi ejemplo magdalénico.
Alicia Parodi
...«el codo en el bufete y la mano en la mejilla»... Así, pensando cada vez más preocupada
por «lo que decir», y aún más, sobre si
algo decir, me ha dejado la cruzada artillería de «erudición
y doctrina» que atraviesa mi casilla de e-mail. A la luz del Prólogo
de 1605 me atrevo, sin embargo, con las cautelas y disculpas del caso.
Teresa Herraiz de
Tresca
María Magdalena Estimada Alicia: Muchas gracias por tu valioso mensaje. Eres —como siempre has sido— muy amable y muy afectuosa. El contexto en el que me sitúo para escribir lo que escribo (tanto en El mito de la interpretación literaria, 2004, como en La secularización de la tragedia en Cervantes, 2004), es el siguiente. La interpretación literaria es una invención, y no un descubrimiento. (Y no sólo la interpretación alegórica, sino también la pretendidamente científica, que se basa al fin y al cabo en una ilusión epistemológica). Sin embargo, toda la crítica literaria de Occidente se ha construido históricamente sobre la inversión, o incluso sobre la equivocación, de este postulado. Cuando interpretamos un texto literario actuamos creyendo descubrir un significado. En realidad, simplemente, lo inventamos. Pero lo inventamos siempre de acuerdo con unas convicciones morales, con el fin de confirmar, subrepticiamente o no, una ética, es decir, una norma de interpretación cultural: aquella con la que nos sentimos, o queremos sentirnos, identificamos. Dámaso Alonso interpretaba el Polifemo desde la estilística con gran genialidad, tanta que nunca insistió en un aspecto moralmente decisivo: el contenido por completo pagano de esta fábula. La labor del crítico literario es, por tanto, mucho más astuta que modesta, y mucho menos humilde que moralista. Por otro lado, me hablas de la alegoría en el seno del posmodernismo. En ese sentido, el problema no radica, en lo que a mí respecta, en la alegoría, sino en el posmodernismo. Éste es un movimiento que ha esclavizado académicamente al continente americano, y que se ha construido sobre infinidad de mitos: el mito de la identidad, el mito de la cultura, el mito de la fragilidad o relatividad del pensamiento, el mito de la interpretación... (Hoy la “identidad” es el opio del crítico posmoderno). Los resultados definitivos están por ver. Sabemos algo de las consecuencias de convertir lo absoluto en relativo, pero el posmodernismo nos está haciendo recorrer el camino a la inversa: instituye en absolutos valores genuinamente relativos y particulares. All goes, todo vale... ¿para qué? Los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI se han caracterizado por ser —una vez más— profundamente religiosos. Esta intensificación de la “visión religiosa”, que sigue siendo creciente, se manifiesta con fuerza dentro del mundo académico; y sobre todo fuera de él, a través del discurso periodístico, en el que se objetivan y codifican verbalmente el poder, la vulgaridad y las creencias sociales (doxa), tres realidades con las que el conocimiento científico siempre ha mantenido relaciones conflictivas y disidentes. Las artes y las ciencias han sido, desde su nacimiento y por su naturaleza, actividades genuinamente seculares. Desvincular la “interpretación religiosa” del conocimiento científico, emanciparse de la revelación metafísica como forma primera del saber, para sustituirla por un método científico de interpretación, no es probablemente el objeto de la alegoría. El posmodernismo, en sus diferentes facetas (acaso con la excepción de los estudios culturales, que se han manifestado hasta el momento en el seno académico como una disolución vulgarizada de la antropología social), ha puesto de manifiesto realidades actualmente muy decisivas, haciendo del relativismo un valor absoluto, y conduciendo a unos resultados que en el mundo académico están determinados por el llamado “pensamiento débil” (Vattimo y Rovatti). Lo cierto es que la debilidad de este pensiero se limita a las tradicionales “ciencias humanas o del espíritu”, sin afectar en absoluto a las ciencias naturales, cuyo enérgico desarrollo trasciende día a día los límites de la astrofísica y de la biogenética, postulando un paradigma epistemológico que escapa por completo a toda la vanguardia e inteligencia posmoderna, tan académicamente presente y poderosa. Este pensiero devole es profundamente secular y laico, es decir, académico y filosófico. Ninguna fragilidad se observa hoy día en los dos sistemas de pensamiento más poderosos e influyentes en Occidente: el Cristianismo y el Islam. Con todo, La Numancia no es un auto sacramental. Ni alegóricamente. Con sincero afecto, Jesús G. Maestro
Coloquio Cervantes Dear Robert, Estoy encantado con el rumbo que hace nuestro Coloquio Cervantes y sobre todo con las discusiones tan importantes sobre los molinos de viento – episodio sumamente conocido – y la contribución tan acertada de Jesús Maestro sobre el aspecto ético de las imágenes alegóricas. A este momento de la discusión, tal vez es aconsejable exponer mi punto de vista personal: estoy aficionado a los aspectos retóricos del «Quijote», lo que implica el interés en las intenciones del autor, de ese Cervantes, varón erudito, veterano socarrón e – hidalgo empobrecido. Manuales como M. Fabio Quintiliano «De institutione oratoria» o Martianus Felix Capella, «Liber de arte rhetorica» enseñaron a los litigantes las estratagemas aptas a suscitar la atención de los jueces, a hacer comprenderles el punto de controversia y a convencerles de la legitimidad de las reivindicaciones. No hubo grandes procesos políticos en tiempos de los emperadores romanos, de modo que las artes retóricas no continuaron siendo de interés para los estudios jurídicos y acabaron floreciendo en los círculos filosófico-literarios y en la literatura. Desde luego, no se trataba de convencer a los jueces, sino de provocar a los lectores. Más tarde la retórica es parte del curriculum de las Septem artes liberales. Por ello, podemos estar seguros de que Cervantes aprendió los estilemas y las amplificaciones retóricas con los padres jesuitas en Sevilla, así bien que en las clases de Juan López de Hoyos, erasmista de renombre. Los resultados se perciben en el «Quijote» de 1605. A comenzar con las primeras páginas: „En un lugar de La Mancho de cuyo nombre no quiero acordarme.“ Ejemplo clásico del hablar irónico, combinado con la figura retórica que se llama litotes. Con el efecto de que los compatriotas de Cervantes, a la vez desorientados y curiosos, se preguntaron cual era ese lugar de La Mancha. Hoy en día, el resultado triunfal es que todos los pueblos manchegos pretenden ser ese lugar maravilloso. Otra figura retórica preferida es la metáfora, a veces alargada en alegorías. Puesto que en esta discusión se trata en primer lugar de imágenes alegóricas, ocupémonos con el título de la novela. El epíteto de La Mancha, dado a su protagonista de modo socarrón, insinúa alegóricamente a una mancha genealógica en el escudo de nuestro héroe. ¿Desaforado alegorismo o estratagema genial? Un problema de los más interesantes e intricantes. Los incrédulos gritarán que faltan pruebas convincentes. Sin embargo, en este caso, las hay. En el capítulo 46, el barbero apostrofa a don Quijote como „furibundo léon manchado“, maliciosamente no usando el epíteto „manchego“. Esto quiere decir, que por lo menos uno de los personajes parece compartir la sospecha incriminante, de que don Quijote sea uno ex illis, de la minoría envidiada, despreciada y perseguida de los conversos. Por otro lado, los barberos, por lo general, son parlanchines estúpidos o vanos. Cervantes no lo ha dicho nunca con expressis verbis, sino lo insinúa solamente, ayudado por estratagemas retóricas, en particular alegóricas que, en este caso en particular, tienen la ventaja que el lector, de un lado desorientado e inseguro, tiene la posibilidad de elegir e interpretar lo escrito de la manera que a él le conviene más. Con el efecto de que la discusión, provocada por Cervantes, irritaba no solamente a sus compatriotas sino siglos más tarde a los eruditos del mundo entero: a partir de Américo Castro y Marcel Bataillon, gran parte de los cervantistas en los Estados Unidos aseveran que don Quijote es un cristano nuevo, mientras los círculos conservadores en España estan firmamente convencidos de lo contrario. Por lo que concierne los molinos de viento no veo la alternativa a una interpretación alegórica. Por lo menos, hasta que se me da un motivo convincente – por loco que uno sea – de arremeter contra unas torres ingentes que son molinos de viento. Con su declaración que se trata de unos gigantes, don Quijote (estimulado por el autor) da a sus lectores una indicación que no se puede desatender. En el mito griego, los gigantes, hijos de la Tierra, amontonan los montes Pelión y Osa, para comenzar la lucha contra los dioses olímpicos. También en la Biblia aparecen gigantes, y en su soberbia, los hijos de Seth, para igualarse a Dios, construyen la Torre de Babel. En la Gigantomaquía, omnipresente en el mito griego, los gigantes son vencidos por los dioses olímpicos con la ayuda de un mortal, el héroe tebano Hércules. Hércules, como nuestro héroe, enloquece, y en uno de sus trabajos tenía que limpiar las caballerizas del rey. Don Quijote, enloquecido también, se considera estar en una situación análoga: el mundo en el que vivimos le parece un estercolero inmenso, y, como caballero cristiano, se considera obligado a una lucha altruista y noble. Lo que ataca con ímpetu generoso, son torres enormes, símbolos de los poderosos, arrogantes e injustos. Por encima, Cervantes no se contenta con evocar la bíblica Torre de Babel, símbolo de soberbia de los impíos, sino especifica: estas torres alegóricas son especificadas como molinos de viento; con esta estratagema evoca un procedimiento usado en la producción de las tradicionales monedas de plata. Por razones solamente conocidas por los expertos, estas monedas contenían una cantidad minimal – el uno por ciento – de cobre. Para producir la aleación deseada, era necesario fundir los metales y mezclarlos con vehemencia. Los operarios llamaban el procedimiento braceaje de molino, puesto que les recordaba las rotaciones vehementes de las astas de un molino de viento. En concordancia con este procedimiento particular, las monedas de plata acuñadas en Castilla desde finales del siglo XV se llamaban en la jerga de los técnicos moneda de molino. En otras palabras, hay una analogía evidente entre los molinos del episodio quijotesco con la moneda de molino, abolido por escandalosas maquinaciones financieras. Para el enfurecido lector contemporáneo, era obvia la correlación entre el maniático ataque de don Quijote a los molinos de viento con el proceder de Felipe III, que transformó la tradicional moneda de molino, moneda de plata, en moneda de cobre, el vellón, en teoría equivaliente, pero prácticamente sin valor alguno. Los conciudadanos de Cervantes, estaban al rojo vivo contra un rey irresponsable, que arruinaba sus fortunas privadas para financiar las festividades de la corte. En 1605, este mensaje cifrado, que frisaba el crimen laesae majestatis, era de suma actualidad. Que los compatriotas de Cervantes comprendían sus sugerencias alegóricas está comprobado por el entusiasmo con que aclamaron el «Quijote» cuando fue impreso. Best Kurt Reichenberger
¿María Magdalena? Alicia, I have pondered your Maria Magdalena
idea with great interest, because you make an effort to stay close to the
text.
Juergen Hahn
De nuevo la alegoria y Cervantes I'm a little worried about the dogmatic [anti-cervantine] tone of these pronouncements, to say nothing of the many misconceptions involved (e.g. allegorizing an ironic work does not have to be done along moral lines, nor even ethical, much less moralistic ). There are myriad types of allegories, i.e., figurative meaning. It can just be making a metaphorical interpretation of the work, which has to be possible insofar as the work has meaning [i.e. reference]).
De nuevo la alegoría y Cervantes Let me add cuatro palabras to Bryant Creel’s
wise response to your exchanges on allegory. My study of PERSILES,
titled ALLEGORIES OF LOVE (Princeton UP, 1991), exhaustively explored the
history of allegory as it filtered down to Cervantes, from Greek “hyponoia”
to Quintilian’s notions of allegory as “extended metaphor” to El Pinciano’s
claim that one could “exprimir” allegory from certain texts. The
root meaning of “allegory” is “other-than-at-the-marketplace” speech.
It need not be ethical, nor moral, nor religious. Just “other.”
Within the Renaissance exegetical traditions of allegory, we encounter
the notion that all literature is susceptible to the exegetical readings
commonly given to Scripture.
Diana de Armas Wilson
El Quijote, la Moral y la interpretación literaria Afirmar que el ser humano puede actuar, en el desarrollo de cualquiera de sus facultades, fuera de una dimensión moral constituye un error antropológico, filosófico y epistemológico de dimensiones incalculables. El lenguaje, la literatura, el Quijote, son auténticas tecnologías morales. ¿Cómo es posible negarle a la interpretación literaria un sentido moral? ¿Hablando en prosa sin saberlo? Todo lo que hace el ser humano tiene un sentido moral al que nada puede sustraerse, en sus causas y en sus consecuencias. Las interpretaciones literarias están motivadas no sólo por la (mayor o menor) formación científica de sus artífices, sino también por la teleología de sus prejuicios, intenciones catárticas, prolepsis ideológicas y un largo etc., siempre dentro de una dimensión moral que nunca resulta objetivamente trascendida o superada. La posmodernidad ha situado precisamente el debate cultural en el ámbito de la ética, desplazando a la filología, por una parte, e ignorando, por otra, que el concepto de cultura en el que se apoya es un mito inconsistente. Sólo los dioses son capaces de hablar más allá del bien y del mal. Los seres humanos, como mucho, hablamos algunos días en prosa sin saberlo. Jesús G. Maestro
Desaforado alegorismo Disculpen: se me borraron todos los mails del
día de hoy, para mí inexplicablemente. Serán los encantadores.
Lo de Lela Marien-María/Zoraida, de Juergen, sí, creo que
Cervantes quiere que pensemos en las dos. En realidad, el año pasado,
preparando la exposición para el Congreso de Puebla, descubrí
las correlaciones con otras figuras del texto, y me fijé que era
una conversa, la escena en el jardín y las "ensaladas", las joyas,
y me pareció que Magdalena explicaba más detalles del episodio.
Alicia Parodi
El Quijote, la Moral y la interpretación literaria ¡Rabboni! Alicia Parodi
Reply: De nuevo la alegoría y Cervantes I don't want
to get into an argument (it's summer), Jesús, but speaking from
what will undoubtedly seem to be a limited perspective on my part, since
I neither recognize nor agree with a lot of what you say (although I suspect
that my ignorance or lack of sophistication has a lot to do with it), I
would venture to say that I don't discern what I always thought post-modernism
was in your use of that term. I've never identified the study of
ethics with post-modernism; in fact, I don't know of anyone besides myself
who incorporates ethics into literary criticism (except for Wayne Booth,
who does it in way that I can't relate to). Also, I think of post-modernism
(which I can tell you about as much about as about drug connections in
Knoxville) as actually preferring to subvert anything so traditional as
ethics, by importing pop art, queer theory, etc., anything unconventional.
Isn't post-modernism related to post-structuralism and so to deconstruction
and the assertion of a universal relativism based on the structuralist
claim that everything is language, and so fiction -- subjective idealism:
a modern form of nominalism [which does have its progressive dimensions,
but also is, after all, medieval, scholastic, and bookish]? I ask
in earnest because I don't cultivate an association with such currents,
since I find them to be pedantic and academic in the vernacular sense.
I would appreciate being enlightened on this subject. Go ahead and
embarrass me in front of everyone -- it doesn't matter.
Bryant Creel
Reply: De nuevo la alegoría y Cervantes Dear Bryant,
Réplica: De nuevo la alegoría y Cervantes Amigo Jesús,
Bryant Creel |