Octavo tema de discusión
(mes de junio)

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Cervantes y las reformas iniciadas por los Padres del Concilio de Trento

     En un libro reciente propusimos la tesis de que Cervantes y Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, eran varones criados en tiempos pretridentinos y que, por consiguiente, les gustaba tratar temas de religión con indulgente humor: burlas sobre San Pedro, portero crédulo del paraiso, o del santo patrón eran pasatiempo preferido en las tertulias divertidas de clérigos o de feligreses1. En estas circunstancias se podría suponer que tales hombres pretridentinos, y sobre todo un Cervantes, desatacado y rebelde, se opondrían a reglamentos tan determinantes como las reformas propuestas por los Padres del Concilio de Trento. Sin embargo, resulta exactamente lo contrario: lo que, a primera vista, parece una ofensa desfachatada contra los clérigos de su tiempo, se transforma ante los ojos de sus compatriotas de la época en un elogio incondicional de los preceptos tridentinos.

     Desde el principio hasta la última sesión los Padres del Concilio tenían que tratar dos temas divergentes: por un lado, la reforma de las instituciones eclesiásticas, fin anhelado por el emperador para llegar a un acuerdo con los príncipes protestantes en Alemania. Por otro lado, la discusión de los temas de aspecto dogmático, favorecidos por los papas y la Curia Romana, indispensables para garantizar la unidad de la doctrina cristiana. Intereses tan divergentes que en las negociaciones preliminares no se logró llegar a un acuerdo sobre la preferencia, de modo que ambos temas fueron tratados alternativamente. A lo largo de las tres fases del Concilio2.

     En el «Quijote» de 1605, Cervantes ha integrado por lo menos tres episodios relacionados con deliberaciones tridentinas. Camino del Puerto Lápice, Don Quijote está convencido de estar enfrentado con el tope de una aventura caballeresca: dos encantadores en hábitos negros han hurtado una princesa, escena archiconocida por sus amados libros de caballerías3. Sancho, más realista, ve una comitiva de viaje, compuesta de dos frailes de San Benito, una dama en coche y su séquito. Pero Don Quijote no hace caso de sus objeciones y ataca a los frailes4. ¿Broma atrevida e irreverente de Cervantes? Con respecto a los trasfondos históricos parece que no. Porque está perfectamente conforme con los decretos del Concilio de Trento, que intentaban la reforma de las órdenes monásticas. Como muchas veces, Cervantes desorienta al lector carísimo con una pista falsa. En este caso, los verdaderos objetivos del ataque quijotesco no eran los venerables benedictinos, orden contemplativa, sino los frailes mendicantes, franciscanos y capuchinos. En Trento hubo vivos ataques contra las órdenes, protagonizados por el obispo de Fiesole, quien, en su juventud, había presenciado el regimen del terror, provocado por los sermones horrorizantes de Girolamo Savonarola. La indignación contra los abusos en las órdenes fue general, de modo que al fin los legados debieron apaciguar la asamblea. Los inconvenientes eran muy diversos, para comenzar con una vida liviana, poco ejemplar, en el seno de los conventos.

     Pero la irritación de los obispos y del clero secular se basaba sobre todo en el hecho de que las órdenes mendicantes habían logrado usurpar casi por completo la instrucción del pueblo lego. Ocupaban los púlpitos, desarrollaban visiones apocalípticas y excitaban las pasiones de los feligreses con sermones incendiarios. Ejemplo cervantino: el ama y la sobrina, mujeres enfurecidas, fruto de tales predicadores, careciendo de las virtudes femeninas ejemplares: piedad y misericordia5. Lo que una mayoría de los Padres de Trento admonestaba fue la presuntuosa ignorancia de los predicadores en las órdenes menores. Y lo que exigían fue, por un lado, la coartación de las actividades irresponsables de su parte; y por otro, una supervisión efectiva concedida a los obispos. Acabar con tales abusos parecía un objetivo predominante de la reforma. Fue tema de la Sessio IV del Concilio, discusiones que se prolungaron en la sesión quinta. Considerado todo esto, el enfurecido ataque del enloquecido protagonista de Cervantes a los pobres frailes no debe verse como un acto malicioso, irreverente, sino como un aplauso fervoroso a la docta perseverancia de los Padres de Trento.

     Procedamos al próximo asunto. En las montañas de la Sierra Morena, Don Quijote y Sancho encuentran a Cardenio, un joven noble que, traicionado por don Fernando, su amigo, está convencido de haber perdido a su amada Luscinda y, desesperado, ha perdido el juicio. Acogido amablemente por don Quijote, le cuenta su triste historia. Pero le advierte que no quiere ser interrumpido. Al oír que a su Luscinda le gustan los libros de caballerías, don Quijote olvida su promesa y, entusiasmado, interrumpe el triste relato. Cardenio, tras un largo silencio, como despertado de un sueño, constata ser convencido de que la reina Madásima ha dormido con Elisabad, un cirujano. Don Quijote, enfurecido por tal injuria, llama a Cardenio un mentiroso y un villano. Luego se insultan vice versa con palabrotas infamantes y al fin el joven noble agarra una piedra grande y la arroja al pecho de don Quijote; después muele a palos los demás y desaparece entre las rocas.

     Sancho se queda perplejo. No ha entendido el motivo de tal camorra y comienza a hacer preguntas a su señor. Don Quijote, muy contento de poder hablar de materias caballerescas, le explica que Cardenio había hecho mal difamando a la reina en su honra. Sancho delibera, no argumenta, sólo constata que, a él, no le interesa ni un comino si la reina dormía con ese Elisabad o no. Y a esto añade gran cantidad de refranes. Don Quijote le reprocha usar tantos refranes y ... cambia el tema6. En tiempos de Cervantes, el código del honor fue la causa primaria de una avalancha tremenda de duelos mortales. En la Sessio XXIV, los Padres de Trento, alarmados, prohibían los duelos, excomulgando a los duelistas. Otra vez, Cervantes está en perfecta concordancia con los decretos del Concilio Tridentino. Por encima hay mucho más que decir. Además en la Sessio XVIII se había acabado con los matrimonios clandestinos. Declarando que el único lazo autorizado por la Iglesia era el matrimonio celebrado por un prete, en presencia de dos testigos. Quiere decir que el proceder de Cardenio y de don Fernando con sus matrimonios clandestinos está opuesto a la doctrina oficial. Y Cervantes no tarda en atribuir una tercera referencia a los decretos tridentinos: menciona que Luscinda, asustada, se ha refugiado en un convento y que don Fernando, descuidando la santidad del lugar, la ha raptado. Otra vez, Cervantes está en total concordancia con los Padres de Trento, que fulminaron contra el rapto de mujeres como un acto sacrílego en la Sessio XXV.

     Por fin, existe un tercer complejo, tal vez el más importante de todos. Por lo menos con respecto a las Sesiones del Concilio Tridentino. En el «Quijote» parece una menudencia, por lo menos a primera vista. Encontramos el asunto en el capítulo cincuenta del «Quijote». A lo largo del capítulo, don Quijote contesta a las objeciones del canónigo de Toledo, declarando que, a pesar de verse encerrado en la jaula, quiere ser rey de un reino para poder mostrar el agradecimiento y la liberalidad, haciendo bien a sus amigos, particularmente a Sancho Panza, su fiel escudero, a quien querría dar un condado, prometido tantas veces, aun teniendo dudas de que el sabría gobernarlo bien. Al oír estas palabras de su amo, Sancho interviene diciendo que promete que no le falte la habilidad para gobernar. Añade que cuando le faltare, siempre hay gente que toman en arrendamiento los estados, les dan un tanto cada año y tienen cuidado del gobierno. Entretanto, él gozaría la renta „como un duque“.

     A eso el canónigo mete baza, advirtiendo que no será tan fácil puesto que es oficio del señor administrar justicia en el estado. A lo que Sancho espeta que esto no le hará la más mínima dificultad. Y don Quijote concluye que va a imitar el ejemplo de Amadís de Gaula, quien hizo a su escudero conde de la Insula Firme. Como siempre, la escenificación de Cervantes es perfecta. Y sumamente intrincada. Otra vez, el lector se ve enfrentado con una pista falsa: Sancho termina su intervención con decir que con la renta estará contento „como un duque“. Sin embargo, su interlocutor no es un duque, sino un prelado. Por ello, el lector cuenta con otra comparación, es decir „como un canónigo“. Evidentemente, el tema al que alude es la acumulación exagerada de las prebendas.

     Es el programa tridentino, sin la menor duda, el tema central. Presente, debatido con pasión durante todas fases del Concilio. Las negociaciones resultaron dificilísimas puesto que en la materia de la nómina de cardenales y la acumulación de prebendas y otros favores, era la Curia Romana la que se encontraba en el centro de quejas y reclamaciones acusatorias. Para dar un ejemplo de las discusiones apasionadas basta mencionar la intervención de Pacheco, obispo de Jaén, que lamentaba que la Sede de Pamplona, a causa de semejantes procedimientos había quedado vacante por un intervalo de ochenta (!) años.

     No cabe duda de que este complejo y el de la acumulación de las prebendas y emolumentos era un punto álgido de la reforma. Ocupaba e irritaba a los Padres del Concilio durante los tres períodos de Trento, comenzando con la Sessio VII hasta la XXIV7. Y una lectura detenida prueba que, a pesar de los obstáculos casi insuperables, han logrado, con respecto a este punto, una reforma que va de la cabeza hasta los pies. Por ello, Cervantes no duda de tocar el tema espinoso y, al contrario, despierta la atención del lector carísimo por una comparación atrevida: hace constatar a don Quijote, deplorando su situación actual de enjaulado, que el agradecimiento y la liberalidad generosa que solo consiste en el deseo es cosa muerta, „como es muerta la fe sin obras“. Es esto la fórmula concreta, aclamada por los Padres del Concilio en la Sessio VII, como centro de la fe cristiana. 

Notas

1                    Con respecto a este asunto véase mi libro Cervantes, ¿un gran satírico? (Estudios de literatura 97). Kassel 2005, pp. 93-103: apéndice segundo: Cervantes y el Concilio de Trento, trasfondos histórico-culturales cervantinos.

2                    Para el Concilio de Trento compárese Ignasi Fernández Terricabras, Felipe II y el clero secular: la aplicación del Concilio de Trento. Madrid 2000 y Antonio María Rouco Varela, Estado e iglesia en la España del siglo XVI. Madrid 2001.

3                    Para los libros de caballerías compárese las ediciones presentadas por el Centro de Estudios Cervantinos en Alcalá de Henares. Por encima véase las ediciones críticas realizadas por Lilia E.F. de Orduna

4                    Con respecto a este episodio veáse Kurt /Theo Reichenberger, Cervantes, el Quijote y sus mensajes destinadas al lector (Estudios de literatura 93). Kassel 2004, capítulo octavo: Los benedictinos, la dama de la carroza y el orgulloso vizcaíno, pp. 51-54.

5                    Con respecto a este episodio compárese K. y Th. Reichenberger, o.c., capítulo quinto: Cervantes, la crítica literaria aplicada y el auto de fe de los libros de caballerías, pp. 37-40.

6                    Para la disputa entre don Quijote y Cardenio acerca de la honra de la reina Madasima véase Kurt Reichenberger, Cervantes and the Hermeneutics of Satire (Estudios de literatura 94). Kassel 2005, Chapter Nine: Don Quixote, Cardenio and the Honor of Queen Madasima: A Comical Dispute of Two Madmen, and Sancho at His Best, pp. 49-58.

7                    El tópico de la residencia obligatoria y de la acumulación de las prebendas y emolumentos fue tratado en las siguientes sessiones: Sessio VI capítulo 1; Sessio VII, capítulo 7; Sessio XXI, capítulo 3; Sessio XXII, capítulo 1 y 3; Sessio XXIII, capítulo 1 y Sessio XXIV, capítulo 12.


Réplica:

     Me alegro de que hayas sacado ese tema, y con bibliografía. Somos muchos los que pensamos que la posición de Américo Castro no se sostiene por ninguna punta. Saber cuál es la ideología de Cervantes es muy difícil, porque cada contacto con las devociones populares, o con Trento es contradicho diez páginas más adelante. El famoso rosario que lleva don Quijote en I,26 (diez nudos, uno mayor), para Castro una ironía sobre la religión, es, sin embargo, una clave para entender la estructura de la salida de Sierra Morena (hay un trabajo argentino sobre eso). Lo mismo las Novelas ejemplares son diez cuentas y una mayor, un "misterio escondido", según el Prólogo de 1613.
     Creo que los contactos entre dos dicursos tienen que ser vistos en el contexto del libro, de la obra cervantina en general,  y en el de la cultura simbólica de la época. Por ejemplo, los frailes del capítulo 8, en el contexto (entrada en la historia de Sancho, portador de los valores del cuerpo, aventura arquetípica con los gigantes, de gran cuerpo) parece más afín con una alusión al Benedictus, que anuncia un sol naciente (por el que los frailes usan "antojos de camino") para el que el niño nacido (san Juan Bautista) preparará el camino, como estos frailes preceden a la mujer en coche. Pero esta equivalencia de la historia sagrada con la obra cervantina se entiende en el contexto de una progresiva  "encarnación" a partir del ingreso de Sancho en la aventura quijotesca. 
     Por otra parte, la objeción a don Quijote de si no era mejor seguir el camino de los frailes y no el de caballero andante se repite una y otra vez; la imagen de la mujer en coche también. No deja de inquietarme Sancho "de Azpeitia" (¿Qué dicen Kurt y Theo?)
     Creo que lo que pone la Contrarreforma cerca de Cervantes, no es una un contacto preciso, sino el hecho de que está trabajando con una cultura de imágenes simbólicas, por oposición a la iconoclasta Reforma.
     Estoy por hacer un negocio con ustedes: intercambio de Kassel con libros argentinos (Eudeba): ¿qué tal?

Alicia Parodi