Coloquio Teatro de los Siglos de Oro

Kurt Reichenberger & A. Robert Lauer, editores (Kassel, Alemania & Norman, OK, EEUU)

Mission statement:
Forum to exchange ideas on Spanish Renaissance and Baroque Theater.

Misión:
Foro para intercambiar ideas sobre la comedia española del Siglo de Oro.
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Índice:


Asuntos críticos de discusión para este mes:

Tema de discusión 
(SEPTIEMBRE)

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Escenas teatrales (II)

Andrés azotado y un juez de tarda comprensión

     El episodio con el joven Andrés, la primera hazaña de don Quijote, armado caballero por el ventero andaluz y las dos rameras como testigos, tiene el aspecto de un entremés, a la manera del irónico entremés «Los alcaldes de Daganzo».  Tres personajes: Juan Haldudo el Rico, labrador terrateniente y ganadero, hombre severo, pero justo.  Su pastorcillo Andrés, un joven taimado y, como juez compasivo, de tarda comprensión, nuestro protagonista.  El código de la caballería andante estipula que sus seguidores deben eradicar la injusticia del mundo y socorrer a los oprimidos. Es éste un estatuto muy digno de loa, y don Quijote arde en deseos de mostrar su valía.  La ocasión se le presenta antes de lo esperado.  De la espesura de un bosquecillo se alzan gritos de dolor. Don Quijote entra en el bosque y ve a un joven atado al tronco de un árbol y un varón que le azota al tiempo que le reprende: que cada día falta una de sus ovejas.  Movido e indignado de tanta crueldad, don Quijote no repara en lo que balbucea el muchacho azotado:

«No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato».

     Un lector avispado entiende lo que Cervantes insinúa con el ostentivamente repetido „no lo haré otra vez“: es decir que los zagales se comían los corderos y echaban la culpa al lobo.  Pero don Quijote, esta ánima cándida, tardo en comprensión, no sospecha del pobre pastorcillo de tan baja actitud.  Adopta una postura amenazante y ordena al sayón que desligue a su víctima.  Acobardado, Juan Haludo el Rico contempla la figura del caballero y se apresura a obedecer sus órdenes.  Intenta justificar sus acciones, pero don Quijote rechaza toda discusión.  Calcula el monto de la deuda por nueve meses de servicio, con obvia falta aritmética.  El campesino, profundamente humillado, se excusa por no tener consigo el dinero, pero jura „por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo“ que pagará la deuda hasta el último real tan pronto regresen a casa.  Andrés se teme lo peor e intenta oponerse a este acuerdo.  Pero el gallardo caballero no atiende a razones, pica de espuelas a Rocinante y se aleja satisfecho.  Tan pronto se pierde de vista, el campesino ata de nuevo al joven al árbol y le azota con mayor saña.  Episodio divertido, con altibajos dramáticos y, a la vez, una lección fundamental para ánimas cándidas que intentan eradicar las injusticias en el mundo: por lo general, los conflictos de intereses son tan complicados que no se puede descuidar ningún detalle, tan marginal que a primera vista pudiera parecer.


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Tema de discusión 
(SEPTIEMBRE)

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Escenas teatrales (III)

La noche turbulenta en la venta de Juan Palomeque, o Cervantes y la invención del personaje moderno

            Vapuleados por los pastores de Yanguas, don Quijote y Sancho llegan a la venta de Juan Palomeque el Zurdo.  Son acogidos por un trío femenino: la mujer del ventero, su atractiva hija y Maritornes, la moza asturiana, mujer robusta y tan fea que parece un aborto del diablo.  En un cobertizo preparan una cama improvisada para don Quijote y, dado que su cuerpo es todo golpes y heridas, la ventera y su hija le aplican un ungüento mientras Maritornes aguanta la candela.  Don Quijote está convencido de que la venta es un castillo y las tres mujeres damas ilustres.  Cuando la ventera y su hija desaparecen, Maritornes, caritativa, unta también a Sancho, que está no menos maltrecho que su señor.

            Al mismo tiempo, Cervantes informa a sus lectores sobre el programa de Maritornes respecto a la noche venidera.  Tiene una cita con un arriero, que duerme en el mismo cobertizo; Maritornes le ha prometido visitarle.  Irónicamente, Cervantes añade que siempre acostumbra a cumplir semejantes promesas, lo que quiere decir que Maritornes es de cascos ligeros y le gusta regocijarse en las camas de los huéspedes.

            Luego ocurre un desastre, causado por don Quijote.  A media noche, cuando Maritornes entra, en camisa, tratando de orientarse en la oscuridad, don Quijote la coge por el brazo, la echa sobre su cama y comienza a hablarle: de su lealtad a su Dulcinea y que, apaleado y hecho pedazos, no le será posible acumplir sus deseos.  Cree que Maritornes es una princesa enamorada, hija atractiva del señor del Castillo.

            El arriero, celoso, se acerca; cuando apercibe que Maritornes trata en vano de escapar de los brazos de don Quijote, se mete entre los dos y le da al caballero un terrible puñetazo en la cara.  La cama improvisada se derrumba y despierta al ventero por el estruendo.  Éste llega con un candil, maldiciendo a Maritornes, a quien cree motivo del alboroto nocturno.  Asustada por sus gritos furiosos, Maritornes se abriga cerca de Sancho, quien duerme en paz a los pies de su señor.  Molestado por su peso, Sancho le da coces y Maritornes le da palos a Sancho.  El ventero apalea a Maritornes, el arriero a Sancho.  Se arma la marimorena.

            En el caso de que teatro se define por acción vehemente, esto puede considerarse un tope.

            Por otro lado, no cabe duda de que esta Maritornes es una de las personas más interesantes del «Quijote» de 1605.  Interesante sobre todo por la mezcla irritante en los componentes de su carácter. En vivo contraste con la atractiva hija del ventero, Maritornes es fea, y en este punto Cervantes insiste, entrando en detalles.  La fealdad, en la tradición, es atributo de los diablos, pero Maritornes tiene el ánimo lleno de compasión, unta al apaleado Sancho y al manteado le da de beber.  No cabe duda de que tiene un alma cristiana y caritativa.

            Además, Cervantes acentúa que Maritornes viene de Asturias, tierra de los godos, cristianos viejos que se consideran ser nobles hidalgos.  De modo que la combinación verbal «moza asturiana» está compuesta de conceptos incompatibles, al modo oximorónico.  También aquí, Cervantes insiste, con ironía evidente: los godos, se opina, son gente de estatura grande, imponente; Maritornes, considerado su pobre cuerpo, es todo menos que imponente.  Por añadidura, Cervantes menciona que, por presumirse muy hidalga, nunca dio su palabra sin que la cumpliese.  Pero, lo que a primera vista parece un panegírico, solamente confirma sus inclinaciones lascivas.

            Por otro lado, Cervantes insinúa mucho más.  Al dar otro vistazo a los episodios en la venta, Maritornes es la copia tipológica de María Magdalena, quien al principio de su carrera era también una gran pecadora.  En la tradición cristiana, por lo menos tres personajes han sido entreverados.  En el evangelio según San Marcos y San Mateo, Jesús es huésped de Simón el leproso.  Llega una mujer con un vaso de ungüento y unta la cabeza de Jesús.  Sus discípulos están escandalizados; habrían preferido vender el vaso y distribuir el dinero entre los pobres.  Jesús rechaza su argumento, diciendo que es una obra pía, como previsión de su muerte cercana y un acto memorable (San Marcos 14, San Mateo 26: 6-13).  San Lucas describe una escena análoga en casa del fariseo Simón, más larga y más polémica.  La mujer baña los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos.  Luego unta su cabeza y Jesús le perdona sus pecados (San Lucas 7: 37-48).  En el próximo capítulo aparece María de Magdala, que es salvada por Jesús de las uñas de siete diablos.  En el texto de San Juan, el episodio ocurre en casa de Lázaro.  Con él está su hermana María, quien unta los pies de Jesús y es Judas quien protesta (San Juan 12: 1-8).

            Ya en tiempos antiguos, la distinción entre María de Magdala y María de Betania produjo inseguridad.  Fue complicado por las pecadoras sin nombre y resultó una concentración intrincada.  Desde hacia el año 1500, María Magdalena, penitente, es promovida a ser una de las santas más conocidas.  La analogía tipológica es obvia: La ventera y su hija untan solamente a don Quijote, pero Maritornes cura al pobre Sancho, quien necesita el ungüento no menos que su señor.  Maritornes, la moza asturiana, tiende a los pecados de la carne, pero tiene un corazón compasivo, y esto hace olvidar sus faltas.

            Una pregunta indiscreta al carísimo lector: ¿Que le parece, podemos considerar este capítulo relacionado con la vida de Miguel de Cervantes? ¿Es casi un estimulo alentador dirigido a su amada hermana Magdalena para enfrentar las desilusiones amorosas de una perra vida?


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Página electrónica creada por:
A. Robert Lauer
12 de mayo, 2005
The University of Oklahoma
Última actualización:
22 de marzo, 2006